Situada en el hoyo más profundo del mundo, rodeada de cerros, las nubes parecen estacionarse todo el tiempo en esta ciudad.
A lo lejos se ven siempre luminosa, fotogénica a los ojos de los lentes de los extranjeros, pero una vez que te estacionas, sus adentros siempre son grises, fríos y húmedos.
Las nubes con toda su presión atmosférica están constantemente apretando la coronilla de tu cráneo y por el tiempo que he tenido que vivir en este lugar he sufrido una pesadez acuosa. Ellas saben lo mucho que las detesto, por eso temo cuando viajan tan cercas la una de la otra y se aparean tormentosamente, mientras avientan rayos a la tierra, sin importar el daño que provoquen, algunos más técnicos sólo le llaman temporada de lluvias, pero ese, es justo el tiempo en que me veo constantemente mojada de pies a cabeza, con una frialdad que entra directo al hueso de mis tobillos.
La lluvia me conoce, sabe perfectamente la hora en la que salgo de trabajar, espera sigilosa para suicidarse gota a gota del cielo a la tierra y precipitarse copiosamente sobre mi.
Por eso odio la lluvia, odio esa oscuridad fatalista que me ha hecho guardarme entre las colchas y aumentar más de tres kilos y que me ha hecho pensar con melancolía en ese traicionero sol que se asoma entre los cerros y en ocasiones me saluda con un guiño en el reflejo de los charcos, mientras se aleja a vacacionar a otras tierras, menos grises, más sinceras.
jueves, 21 de agosto de 2008
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